A 10 años de su muerte, una excusa para hablar de Roberto Bolaño.


bolaño

Hoy me llegó el mail de un amigo (un tal Pato) con una nota sobre el décimo aniversario de la muerte del gran escritor chileno Roberto Bolaño, quien muriera temprano, el 15 de julio de 2003, con 50 años, en un Hospital de Barcelona producto de una insuficiencia hepática.
Lo interesante es que esto ocurre como consecuencia de haberle regalado hace unos años, con motivo de su cumpleaños, un libro de Bolaño a Pato. A su vez, años atrás también, una tal Bernarda, amiga y compañera de trabajo, me había insistido en que incursione en los cuentos del chileno. De casualidad aparente o causalidad no revelada, días después, mi amigo (y en ese momento, conviviente) Julio se apareció con un libro de Bolaño y me lo regaló.
En última instancia, todos los nombrados fuimos adquiriendo la filosofía de considerar que todos debemos leer a Bolaño, de máxima, lo más prontamente y, de mínima, aunque sea una vez antes de morir para, así, poder apropiarse también las ganas de regalarlo y recomendarlo. Y estas líneas no son más que un modesto intento de llevar adelante, en una escala mayor al cara a cara, esta tarea.

Trotamundos y cosmopolita, Bolaño nació en Chile, y vivió en México y Europa. Escribió cuentos, obras de teatro, poesía y notas periodísticas. Tantas, que no le dio tiempo de terminar la secundaria, ni de rapar su creatividad con estudios universitarios. Poeta sin fronteras, dijo alguna vez; “Muchas pueden ser las patrias de un escritor, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura. Que no significa escribir bien, porque eso lo puede hacer cualquiera, sino escribir maravillosamente bien, y ni siquiera eso, pues escribir maravillosamente bien también lo puede hacer cualquiera. ¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso”.
La sangre del buen poeta no hierve de cualquier forma, sino por la fusión de las irreverentes sensaciones personales, revueltas con el cucharón de los grandes sucesos históricos. Así fue que Bolaño palpitó con quince años la efervescencia del movimiento estudiantil mexicano durante 1968, momento en que el ejército invadió la Ciudad Universitaria de la UNAM y provocó, posteriormente, la Masacre de Tlatelolco; matanza de cientos con la que buscaron acabar con el movimiento de estudiantes, obreros y amas de casa que tomaba las calles del país. La novela Amuleto (1999) narra estos sucesos.
En 1973 se propuso volver a Chile para acompañar el profundo proceso obrero de los cordones industriales. Pero como se le ocurrió hacer el viaje a dedo, llegó pocos días antes del golpe del 11 de septiembre (del que habían advertido los trabajadores días antes en un documento de una madurez política implacable) perpetrado por el General Pinochet al Gobierno de Allende. Allí cayó preso, pero días después logró escapar y se fue del país.
Fue un constante provocador del establishment literario y fundó un movimiento poético de vanguardia; el infrarrealismo.
Ateo y de izquierda, en México se acercó al trotskismo. Escribió un sinfín de cuentos y novelas (Los detectives salvajes, la más conocida) que pueden encontrarse fácilmente para leer y regalarle. Poco antes de morir, le dio su última y más memorable entrevista a la periodista argentina Mónica Maristain, que puede y debe leerse acá. Y a su manera, también ejerció la docencia dejándonos consejos a los que algún día nos atreveremos a escribir un cuento:

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.
1. Nunca abordes los cuentos de uno en uno. Honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2. Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco.
Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3. Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4. Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6. Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7. Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel.
Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8. Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9. La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10. Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11.Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12. Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.”

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