A Marita se la llevó Smith


todos somos MV

Por Ludmila

3 de abril de 2002, María de los Ángeles Verón es secuestrada por tratantes, privada de su libertad para ejercer por fuerza la prostitución.

8 de febrero de 2012, comienza el juicio por el caso de Marita, titulado David Gustavo Iñigo y otros s/ Privación Ilegítima de la Libertad y Promoción de la Prostitución en Concurso Víctima, María de los Ángeles Verón.

11 de diciembre de 2012, la Sala II de la Cámara Penal de Tucumán absuelve a los trece imputados en el proceso judicial, librando la desaparición de Marita a la impunidad más absoluta.

12 de diciembre de 2012, multitudes se movilizan en todo el país haciendo bandera de su indignación por el vergonzoso fallo y reclamando a viva voz justicia por Marita Verón.

13 de diciembre de 2012, presenta su renuncia el ministro de Seguridad de la provincia de Tucumán.

Pero, ¿cómo podría llegar a darse siquiera una ínfima justificación? ¿De qué manera puede argumentarse en favor de proxenetas, policías, funcionarios y demás culpables del secuestro y trata de una mujer? La respuesta resulta amargamente simple, el fundamento está en la sociedad. Si bien una persona en sí misma, el cuerpo, la materia, no resulta en absoluto rentable, llevarse a Marita era un buen negocio por ser una mujer y, por lo tanto, socialmente convertible en un objeto, en una mercancía.

Una definición que se adjudica al término mercancía hace referencia a “aquello que se puede vender o comprar”. Algunas variantes suelen añadir en ocasiones “…para satisfacer necesidades”. Marx comienza el primer tomo de El Capital (1867) diciendo: “La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’ y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza (…). La mercancía es, en primer lugar, un objeto exterior, una cosa que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas del tipo que fueran”. Nada más cierto. El sistema vigente se sostiene sobre una base de explotación que garantiza una producción cada vez mayor y más eficiente y, a su vez, la acumulación y concentración crecientes de las riquezas.

En función a tales fines, el capitalismo tiende a convertirlo todo en mercancía, en comprable, en vendible. Lo hemos visto, ya lo hizo con las necesidades básicas de los seres humanos. Hoy (y desde hace mucho tiempo), aquel o aquella que no tiene dinero no come, no vive bajo un techo, no se educa, no se cura. Ha hecho devenir en mercancía a la mismísima tierra, también, loteada y parcelada en toda su extensión para así delimitar a quién pertenece cada parte, llegando a ser un delito pasar por encima de ella sin el consentimiento de su poseedor. Inclusive ha sometido a sus leyes al arte y la cultura, aquello que a muchos ojos parecía aún “puro”, ajeno a la mano negra del mercado, comenzó a ser producido en serie y pensado desde su origen con una lógica marketinera, a partir del fenómeno de la industria cultural y la cultura de masas.

Pero el capitalismo ha ido aún más lejos y se ha metido con aquello que a muchos escandaliza admitir: ha mercantilizado a los propios seres humanos. Como una renovada herencia de sus antecesores históricos, la antigüedad, donde los esclavos gozaban iguales derechos que el más vulgar de los objetos y el feudalismo, en el cual los siervos de la gleba eran comprados y vendidos junto con la tierra a la que pertenecían, el capitalismo no tardó en hacer un gran mercado con la mano de obra esclava moderna. Una vez abolida esta forma de explotación (no de hecho, claro, pues el trabajo esclavo es una parte de nuestra realidad difícil de ignorar), ha sabido también comerciar hasta con bebés y niños. Pero el sistema supo hacer de las personas un producto brutalmente rentable sobre todo mediante el férreo mercado de las redes de trata, al cual transformó en el tercer negocio mundial más importante, sólo superado por las armas y las drogas.

Así, con la bendición del machismo, uno de sus pilares fundamentales, el capital ha puesto primero a la mujer en el lugar de un objeto maleable, utilizable, trocable, descartable, para después transformarla plenamente en una mercancía por la que se puede pagar y de la cual es posible luego disponer a gusto y conveniencia. Mientras la prostitución y la trata sigan siendo un solventísimo negocio el capitalismo lo seguirá sosteniendo y, en tanto se mantenga el sistema capitalista, las redes de trata no dejarán de existir.

Marita Verón es una víctima más entre miles de los explotadores, del patriarcado, de un sistema que todo objeto lo compra y lo vende, sin excluir de esta categoría a las mujeres y sus cuerpos expropiados. De los funcionarios y gobernantes que al pasar los años han mantenido intactas las redes de trata y el sistema con el que se retroalimentan. De la policía que garantiza la estabilidad del régimen; que no la protegió porque su lugar está con los tratantes, porque ella misma está involucrada en el seno de cada mafia que sea posible imaginar. De la justicia burguesa que falla con total alevosía en favor de su clase, aún cuando se trate de la más recalcitrante criminalidad. No fue la primera ni tampoco la última pero, por cada una de las mujeres arrancadas de su vida, por cada una que el sistema intentó mutilar en su persona y su integridad en función de hacer negocios, por cada Marita Verón, la indignación y el odio crece en otras miles que se mueven juntas para decir basta. Y sólo será ese odio y esa organización aquello que podrá hacer arder desde sus cimientos la mafia de la trata de personas y el sistema que la sostiene, van a ser solamente esas mujeres que luchen con cada compañera secuestrada como estandarte las que lograrán que no se toque ni a una sola más.

Hace algunos días las caras de turno que muestra esta repulsiva trama, las manos de carne y hueso que tomaron a Marita, la alejaron de su casa y la sometieron a la tortura y violación diarias quedaron en libertad, impunes y sin ningún castigo. No hay fundamento ni justificación, a Marita se la llevaron los proxenetas, los negociantes, los empresarios, los capitalistas, bajo el amparo de la justicia, la policía y los funcionarios. Las voces que se alcen deben hacerlo por su aparición con vida y de todas las mujeres secuestradas, en unidad con las de aquellas que se organizan para luchar contra la opresión machista; porque los culpables no queden impunes y en libertad de seguir operando; por el desmantelamiento total de las redes de trata, de las mafias; por la destrucción de este sistema directamente responsable.

NI UNA MUJER MENOS, JUSTICIA POR MARITA VERÓN.

pyr2

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