El papel de la mujer


Por Ludmila

Opresión, violencia de género, machismo, trata, cosificación. Distintas expresiones que se enraízan en los mismos orígenes y que son constantemente reproducidas por la sociedad en que vivimos. Quizás uno de los aspectos más graves tiene que ver con que estas cuestiones se institucionalizan y legitiman y, a partir de esto, comienzan a verse como “naturales”. Las víctimas no son otras que todas aquellas obligadas a vivir en situación de prostitución, incluyendo a mujeres transexuales y travestis. Ya sean sometidas a este nefasto negocio, a la situación de calle, a la exclusión del mercado de trabajo o a la esclavitud laboral a través de las mafiosas redes de trata, se convierten en una parte un poco tabú del paisaje de la urbe, ni si quiera tan escandalosa como para que los habituales transeúntes se detengan a reflexionar sobre su situación.

Así, Buenos Aires se suma a las muchas ciudades a lo ancho del mundo en que los hombres son seres-humanos y las mujeres seres-objetos. Es miércoles 7 de julio y sobre Florida, casi en la esquina con Suipacha, hay cantidad de papeles pegados sobre las paredes que muestran imágenes de mujeres desnudas, acompañadas por números de teléfono a la espera de ser discados para coordinar casi secretamente encuentros sexuales arancelados, presentadas como cualquier producto, objeto o mercancía que alguien podría publicar y poner en venta.

Sus cuerpos no les pertenecen a ellas mismas sino a sus maridos, a las tareas domésticas, a las fábricas y talleres textiles, al Estado, a la Iglesia, a los medios, al mercado. La igualdad de género no es más que ilusoria, los derechos básicos conseguidos con sangre a lo largo de muchos años ponen paños fríos a las condiciones en que “el otro sexo” vive su vida, producto del sometimiento y la opresión, pero de ninguna manera reconocen a las mujeres en toda su plenitud, libertades e igualdad con respecto del hombre.

En nuestras calles abundan los ejemplos. Trabajadoras a quienes se les asignan las peores labores, o que reciben salarios más bajos que los hombres por la misma tarea y que al final de la jornada deben continuar trabajando en su casa, para su marido, ocupándose de sus hijos. Mujeres que mueren día a día por abortos clandestinos. Discriminación constante, insultos que en su dimensión genérica llevan impresos la huella del machismo. Reproducción y masificación a través de los medios, que toman y utilizan a la mujer como única protagonista en publicidades de productos de limpieza, como especialistas en tareas manuales o de cocina y como simples ornamentos y artículos de decoración en medio de hombres que son quienes “hacen” a esos medios. Papeles pegados en Florida y Suipacha que no muestran a mujeres, porque nadie sabe quienes son, no hay personas detrás de los cuerpos que las imágenes ofrecen con ligereza para todos aquellos compradores que deseen efectivizar la transacción marcando los números secretamente en sus teléfonos.

Como en todo negocio, como en toda cuestión de intereses, hay fuerzas que sostienen su funcionamiento. En este miércoles 7 de julio un hombre se detiene en aquella esquina y alguna de estas reflexiones pasa por su mente con atropello. Lo piensa, están al alcance de su mano. De un momento a otro se decide y con vehemencia comienza a arrancar uno por uno aquellos papeles pegatinados en la pared. Los seres-objetos, los cuerpos impersonalizados, los números de teléfono se arrugan unos con otros en las manos de aquel hombre. Pero por supuesto las fuerzas coercitivas existen. Cuando el régimen de opresión y sometimiento se le va de las manos al Estado, es la fuerza pública la encargada de devolver el orden. Cuando son intereses particulares aquellos que no pueden sostener este sistema, la tarea de restitución es delegada a fuerzas privadas, a capataces, a maridos golpeadores o a una patota compuesta por cinco hombres que se acerca a la esquina de Florida y Suipacha al advertir lo que aquel sujeto está haciendo.

Sin darse cuenta de lo que sucede ni de quienes se aproximan, el hombre continúa plantado en la esquina porteña rasgando y arrancando cada papel, hasta el momento en que la patota desfila a su lado y se para detrás de él con un aire amenazador. Qué hace, le preguntan, y lo insultan. El hombre no deja ni una sola imagen pegada allí, pero todas vuelan por los aires y aterrizan en la vereda cuando el primer golpe es atestado en el estómago de su portador. Los golpes continúan, los papeles se vuelan con el viento, la gente mira, el hombre empieza a sangrar por la boca.

Los minutos pasan y la agresión sólo cesa en el momento en que se agrupan varios comerciantes de la zona. Les dicen que paren, intentan separarlos de su víctima. Son cada vez más los que se acercan y consiguen intervenir en la golpiza. La patota se aleja satisfecha, pero no sin seguir insultando y amenazando al hombre a viva voz. Alguien llama a una ambulancia y aquellos comerciantes intentan socorrer al herido de alguna forma. Ya casi no quedan papeles en la esquina, el viento se llevó consigo a la mayoría.

Poco a poco Florida y Suipacha se va descongestionando, el hombre es llevado al hospital, los papeles desaparecen, los comerciantes vuelven a sus locales, los peatones siguen transitando en su urgencia cotidiana. Un pequeño acto de algunas personas que representa una cierta intransigencia latente a la sociedad machista. Un grupo de personas que después de un pequeño desliz regresa a la situación de normalidad, a la reproducción y legitimación diarias del papel que día a día le es dado a la mujer.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s