Hoy, es una Leyenda…


Hoy el Colo nos trae parte de las memorias mas grandes que ha dado la clase obrera, esas partes que no dejaremos que desaparezcan, y que Larissa Reissner transformo en palabras.

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Hoy, es una leyenda, una de estas leyendas revolucionarias que nadie escribió aún pero que ha sido contada ahora y siempre de una punta a la otra de la inmensa Rusia. Ningún hombre desmovilizado del Ejército Rojo, entre los veteranos, los fundadores del ejército de obreros y campesinos, de vuelta en su casa y recordando tres años de guerra civil, olvidará la célebre epopeya de Sviask, ese cruce de caminos a partir del cual, de los cuatro costados, las oleadas del asalto revolucionario se pusieron en movimiento. Al Este, hacia el Ural, al Sud, hacia el mar Caspio, el Cáucaso y la frontera de Persia, al Norte, hacia Arcángel y Polonia. No todo junto, seguramente, no al mismo tiempo, pero fue sólo después de Sviask y Kazán que el Ejército Rojo se cristalizó bajo sus formas de unidad de combate y políticas que, después de algunos cambios y perfeccionamientos, se volvieron clásicos para el RSFSR.

El 6 de agosto salían de Kazán regimientos formados precipitadamente. Entre ellos, los que tenía la mejor conciencia de clase se detenían en Sviask y decidían permanecer allí y combatir. En el momento en que las hordas de desertores que habían huido de Kazán habían casi alcanzado Nijni-Novgorod, la barrera erigida en Sviask ya había detenido a los checoslovacos y a su general, que intentaba apoderarse del puente del ferrocarril sobre el Volga y fue asesinado la noche del ataque. Así, al primer combate entre los Blancos que venían justo de tomar Kazán y estaban consecuentemente más fuertes moral y materialmente y el núcleo de las tropas del Ejército Rojo que buscaban defender la cabeza del puente del otro lado del Volga, la ofensiva checoslovaca era decapitada. Con el general Blagotic, perdieron a su jefe más capaz y más popular. Ni los Blancos, emborrachados por sus victorias recientes, ni los Rojos que se reunían alrededor de Sviask, sospecharon la importancia histórica que revestirían las primeras escaramuzas entre ellos en el Volga.

Sin material, sin mapas y sin el testimonio de los camaradas que combatían entonces en las filas del 5° Ejército, es muy difícil hacer comprender la importancia militar de Sviask. Yo olvidé casi todo, las caras y los nombres se borran en la neblina del tiempo. Pero es algo que nadie olvidará jamás: el sentimiento de  inmensa responsabilidad para la defensa de Sviask que unía a todos los combatientes –desde el miembro del consejo militar  revolucionario hasta el último de los simples soldados rojos, que buscaba en alguna parte desesperadamente a su regimiento en retirada y se volvía súbitamente, enfrentaba a Kazán y se preparaba a combatir hasta el final con su antiguo fusil en la mano y su determinación inflexible en el corazón. Todo el mundo comprendía la situación así: un paso más atrás y la ruta del Volga se abría al enemigo hasta Nijni (Novgorod) y Moscú. Continuar la retirada hubiera sido el comienzo del fin, la condena a muerte de la república de los soviets. Si esto se fundamentaba en un punto de vista estratégico, lo ignoro. Quizás el ejército habría podido retroceder aún más lejos y volver a partir en otro sitio bajo sus banderas hacia una nueva victoria. Pero desde el punto de vista moral, incontestablemente, era justo. Y en la medida en que la retirada más allá del Volga significaba entonces un hundimiento total, en esta medida, la posibilidad de mantenerse, de espaldas al puente, nos llenaba de una esperanza real.

La ética revolucionaria había formulado la situación compleja en dos palabras: la retirada quiere decir: marcha de los checos hasta Nijni y Moscú. Si se mantiene Sviask y los puentes, esto quiere decir que el Ejército Rojo retomará Kazán.

Es al tercer o cuarto día después de la caída de Kazán que Trotsky llegó a Sviask. Su tren se detuvo en una pequeña estación; la locomotora ha respirado un poco, se la limpió, se aplacó su sed y ella no dejó de sorprenderse. Los vagones permanecieron alineados, tan inmóviles como las sórdidas chozas campesinas y el conjunto de las barracas ocupadas por el estado mayor del 5° Ejército. Esta inmovilidad subrayaba en silencio que no había otro lugar donde ir y que no se partiría.

Poco a poco, la creencia fanática de que esta pequeña estación sería el punto de partida de una contraofensiva contra Kazán comenzó a tomar formas reales.

Cada nuevo día que esta estación aislada y miserable ganó contra un enemigo muy superior le fortaleció y levantó la moral. De alguna parte de la retaguardia, de aldeas alejadas del interior, vinieron primero soldados, uno por uno, luego magros destacamentos y finalmente verdaderas unidades.

Lo tengo aún bajo mis ojos, este Sviask donde ningún soldado se batió “por obligación”. Todo lo que estaba viviente aquí, se batía por defenderse, todo estaba ligado por las relaciones más fuertes de la disciplina voluntaria, de la participación voluntaria en una lucha que al principio parecía tan desesperada.

Los seres humanos que dormían en el suelo de la estación, en las chozas polvorientas rellenas de paja y de pedazos de vidrio –casi no tenían esperanza de vencer y consecuentemente no tenían nada que temer. A nadie le interesaba especular sobre el momento y la manera en la que todo esto “terminaría”. “Mañana”, simplemente, no existía, y sólo había una pequeña pieza caliente y ahumada: Hoy. Y se lo vivía como se vive en tiempo de cosechas.

Mañana, mediodía, tarde, noche, cada hora debía ser utilizada hasta el final para el trabajo, vivida, debía servir hasta el último segundo. Era necesario cosechar cada hora con cuidado, como se corta el trigo en el campo hasta su misma raíz. Cada hora parecía tan rica, tan diferente de toda la vida anterior que ella se desvanecía como un milagro. Y ella también  era un milagro.

Los aviones iban y venían, lanzando sus bombas sobre la estación y los vagones; las ametralladoras con su repugnante aullido y el constante silabeo de la artillería se aproximaba, luego se alejaba, mientras que un ser humano en su capa militar destrozada, un sombrero de civil y los dedos del pie saliendo de sus botas –en definitiva, uno de los defensores de Sviask- sacaba sonriendo una reloj de su bolsillo y se decía a sí mismo: “Son las 6 y 20 hs., así que, hoy. 6 y 20 aún estoy vivo. Sviask se mantiene, el tren de Trotsky está sobre la escarpa, una lámpara brilla en la ventana del departamento político. Está bien. La jornada terminó”.

Prácticamente, no había medicamentos en Sviask. Dios sabe como los doctores curaban las heridas. Nadie tenía vergüenza ni miedo. Los soldados que iban con sus cacharros a buscar la sopa a la cocina pasaban al lado de las camillas donde yacían heridos o muertos. La muerte no daba temor. Se la esperaba cada día, a cada hora. Estar acostado en una capa húmeda del ejército, con una mancha roja en la camisa, una cara sin expresión, un mutismo que no tenía nada de humano, esta posibilidad iba de suyo.

¡Fraternidad! ¡Pocas palabras de las cuales se había abusado tanto y que se había vuelto tan despreciable! Pero la fraternidad, en el momento de penuria extrema y de peligro, está allí, olvidada de sí misma, sagrada, inmensa y única. ¡Y nadie jamás vivió ni conoció nada de la vida si jamás pasó la noche en la tierra con ropas gastadas y destrozadas pensando todo el tiempo cuán maravilloso es el mundo, infinitamente maravilloso! Que aquí lo viejo fue destruido, que la vida se bate las manos desnudas por su verdad irrefutable, por los cisnes blancos de su resurrección, por cualquier cosa infinitamente más grande e infinitamente mejor que este pedazo de cielo estrellado que aparece, en la ventana oscura del pavimento quebrado, para el futuro de toda la humanidad.

Una vez por siglo, se entra en comunión y una sangre nueva es transfundida. Estas palabras espléndidas, estas palabras casi inhumanas en su belleza, y el olor del sudor viviente, el viviente sudor de los otros que duermen con ustedes sobre el piso. Basta de pesadillas, basta de sentimentalismos. Mañana el alba se elevará y el camarada G., un bolchevique checo, preparará una omelet para toda la “banda” y el jefe de estado mayor se pondrá una camisa tiesa por la helada, lavada durante la noche. Un día comienza, durante el cual alguien va a morir pensando en su último segundo que la muerte es una cosa como otras y para nada la principal, que una vez más Sviask no cayó y que sobre el muro polvoriento aún está escrito: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”

Sigue acá…

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